El lubricante para motores diésel es un fluido de ingeniería avanzada, diseñado para enfrentar las condiciones más severas de operación propias de este tipo de motores, que trabajan con altas presiones de combustión, mayores cargas térmicas y prolongados ciclos de trabajo. A diferencia de los motores a gasolina, los diésel generan más hollín, residuos de combustión y ácidos corrosivos; por ello, el aceite debe cumplir funciones críticas que van más allá de la simple lubricación.
Entre sus principales funciones se destacan:
Formación de película protectora: crea una capa resistente entre las superficies metálicas móviles (pistones, cojinetes, anillos y válvulas), reduciendo la fricción y el desgaste bajo cargas extremas.
Control de depósitos y hollín: gracias a su paquete de detergentes y dispersantes, evita la formación de lodos, barnices y partículas carbonosas que podrían obstruir conductos o generar abrasión.
Neutralización de ácidos: los aditivos alcalinos contrarrestan los subproductos ácidos resultantes de la combustión del diésel con alto contenido de azufre, protegiendo así contra la corrosión interna.
Estabilidad termo-oxidativa: soporta temperaturas elevadas sin degradarse, manteniendo su viscosidad y propiedades lubricantes durante largos periodos de operación.
Control de emisiones y eficiencia: un lubricante de calidad ayuda a mantener una combustión más limpia, favorece el desempeño de sistemas post-tratamiento (filtros DPF, catalizadores) y contribuye al cumplimiento de normativas ambientales.
Dependiendo de la aplicación —vehículos livianos diésel, camiones de carga, maquinaria pesada o motores estacionarios—, los lubricantes se formulan en diferentes grados de viscosidad y cumplen normativas internacionales como API CK-4, CI-4, ACEA E7/E9 o las especificaciones de fabricantes (OEM).
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